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Domingo 29 de agosto de 2010
Bicentenario Arica en 1810: La infancia peruana de la última hija chilena

¿Cómo era la vida en esta ciudad en 1810, cuando Chile se encaminaba hacia su independencia?

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Arica, el próximo 18 de septiembre enfrentará una de las mayores paradojas de su historia, pues celebrará 200 años de chilenidad, sin embargo, su pasado nacional sólo tiene 130 años, pues su infancia se remonta al Perú y la corona española.

Pero el contraste no es sino una característica propia del alma de la ciudad. John Bennet Stevenson, un ciudadano británico que acompañó a José de San Martín y a Lord Thomas Cochrane en las campañas de liberación del Perú en 1821, percibió claramente los matices de estas tierras.

Afirmó que “fue un tiempo una plaza importantísima; pero desde 1605, en que la destruyó un terremoto, ha decrecido considerablemente a causa del establecimiento en Tacna de sus principales habitantes… Arica posee en estos momentos una iglesia parroquial y tres conventos pobres de Dios. La población se compone de blancos, indios y un pequeño número de esclavos. Como el terreno es bajo y pantanoso, resultado de los anuales desbordamientos del río y de la falta de oportunos canales, las fiebres intermitentes (tercianas) son muy comunes y hacen que perezcan muchos serranos, habitantes del interior, cuando bajan a la ciudad para tratar negocios. El almirante (Cochrane) y cuantos pernoctaron en la costa, al llegar a Arica enfermaron y algunos murieron”. (1)

Pero también reconoció que “El valle de Arica se hace muy agradable a una milla de distancia de la ciudad, por la vista de productos vegetales que sustituye el triste aspecto de los terrenos arenosos que rodean la población. El principal producto del valle consiste en el ajo capsicum y en aceitunas muy gordas de un sabor excelente, los plátanos, las bananas, los camotes, las yucas y otros vegetales así como los árboles de frutos de los trópicos que se cultivan en sus jardines. La ciudad de Arica ha de adquirir mucha importancia con los cambios realizados en la América del Sur… es la llave de las provincias del Alto Perú, Arequipa, La Paz, Potosí, Chuquisaca, etcétera, porque el fondeadero es mejor que en Ilo, Mollendo o Quilca; posee también la ventaja de poder proporcionar a los buques agua fresca, lo que es por extremo raro en otros puertos”. (2)

Si bien este testigo aborda la cuestión local con justo equilibrio, en la época que Perú y Arica enfrentaban el camino hacia su independencia, otros personajes que pasaron por estas costas grabaron en sus cuadernos palabras menos alentadoras sobre la realidad local.

El sabio Tadeus Haënke, quien exploró acuciosamente Arica y sus áreas circundantes alrededor del año 1790, retrata el estado de somnolencia que sumió a la ciudad tras el decaimiento de la riqueza del mineral de plata de Potosí, que sustentó su desarrollo como puerto durante la época colonial.

“Fue muy opulenta en tiempo que de allí se remitían a Lima los caudales del Potosí y otras provincias; pero empezó a empobrecer desde que cesó este giro, transportándose por tierra dichos caudales. También ha sido abandonada de sus principales vecinos por la ruina que ha padecido en varios temblores de tierra, pasándose muchas familias acomodadas y antiguas al pueblo de Tacna, que dista doce leguas, en paraje más cómodo y pingüe”, observa (3).

Sin embargo, la descripción más lapidaria la hace el británico Samuel Haigh, un viajero incansable que contaba en su itinerario Buenos Aires, Chile, México y Perú. El europeo, que zarpó de Valparaíso hacia el norte en 1825, no usó eufemismos: “Hay cuatro iglesias y unas seiscientas casas… Aunque Arica sea el segundo puerto del Perú, la entrada es pobrísima; las casas son bajas, construidas de barro y cubiertas del mismo material, de color oscuro sucio. Las puntas de los techos están frecuentemente ocupadas por gallinazos silenciosos, de modo que la imaginación se figura un gran cementerio, custodiado por estas aves de rapiña que se alimentan de carroña… Al desembarcar vimos algunos infelices de aspecto miserable, agobiados por los achaques; algunos indios mestizos del país; uno o dos soldados holgazanes asoleándose en la playa con la energía apenas suficiente para cumplir su consigna de formular preguntas usuales. Entrando en las calles la escena de ningún modo cambia; todos los que se encuentran parecen víctimas de alguna enfermedad y uno imagina caminar por un lugar donde la peste hace estragos. Había pocos ingleses en Arica y en este tiempo todos más o menos estaban en categoría de inválidos, por la fiebre aguda, enfermedad reinante en la costa del Perú… El suelo del norte del poblado parece rico, sin embargo, es pantanoso y los vapores que exhala se dice que producen tercianas aguadas… Arica es puerto de consumo muy limitado por su reducida población” (4).

El doctor en Historia de la Universidad de Glasgow, Manuel Fernández Canque, explica que en los albores del período republicano, los países americanos enfrentaron una época de cambios y debieron abrirse hacia el comercio internacional, particularmente con Gran Bretaña, donde la revolución industrial aumentaba la oferta de bienes de capital y consumo (especialmente textiles) y fomentaba además un mercado para la producción de materias primas y alimentos.

“El naciente período republicano, si bien trajo consigo la ruptura de las ataduras coloniales, en todas partes creó un dualismo económico con abismales desigualdades en la distribución del ingreso. Las nacientes oligarquías que resultaron de este proceso casi nunca respondieron positivamente al desafío de crear una cultura que fuese congruente con la concepción de una sociedad nacional. Más bien crearon su propio mundo de valores ficticios en el que predominaba la aspiración a sentirse europeos, particularmente franceses. En este tipo de sociedad alienada se generó el consumo con una elevada demanda de productos europeos”. (5)

Esta demanda, que tocó a Chile, Perú y Bolivia, obligó a Arica a usar “su vocación de puerto abierto hacia el mundo” para canalizar el creciente comercio exterior del país altiplánico y mejorar el ambiente del territorio ariqueño, aunque fuese en forma precaria. Nacía de esta forma un servicio internacional que increíblemente duraría hasta nuestros días. Un testigo ilustre de este proceso fue el propio Charles Darwin, quien a principios de la década de 1830 anotó en su diario que en Arica la “salubridad mejoró notablemente gracias al drenaje de algunas lagunas”. (6)

 

Cura de mi pueblo

El libro “Arica y sus valles en el siglo XIX” (7) relata que en materia eclesiástica, Arica a comienzos de esta centuria, contaba con la designación de “Vicaría” dependiente del Arzobispado de Arequipa, y tenía derechos sobre las denominadas doctrinas de Codpa y Belén. Tres eran entonces las órdenes religiosas, presentes desde el tiempo de la Colonia: La Merced, San Francisco y San Juan de Dios.

Mientras en 1804 se designó a un cura párroco permanente, en 1816 la población de religiosos estaba compuesta por 2 franciscanos, 2 mercedarios y 2 hermanos de San Juan de Dios.

 

Población en 1810

El primer censo de la población de Arica no fue realizado por Perú sino hasta 1866, sin embargo, los profesores de la Universidad de Tarapacá Luis Galdames, Rodrigo Ruz y Alberto Díaz, revelan un importante hallazgo del Archivo General de la Nación, en Lima, Perú, que aporta claridad sobre los habitantes de la ciudad 40 años antes: El padrón de Contribuyentes Blancos. (8)

Este padrón, relatan, fue realizado en Arica en 1826 e informado al año siguiente. El documento registró “la totalidad de la población de la ciudad de Arica”, aunque no existe certeza si consideró a los valles de Azapa y Lluta, puesto que éstos no aparecen nombrados.

El documento identifica a 2.152 personas: 1.018 varones, 86 esclavos, 990 mujeres y 58 esclavas.

El “Padrón de Contribuyentes Blancos” fue levantado por un oficial llamado Victoriano Cornejo, quien anecdóticamente consignó no haber encontrado población blanca en Arica, como casta (no aborigen).

En aquella época la población de Arica no superaba el número de habitantes de la jurisdicción eclesiástica denominaba la Doctrina de Codpa o Altos de Arica, la cual estaba integrada por una serie de pueblos del altiplano, la sierra y el valle. Sólo en 22 años (1750-1772) la cifra de habitantes había pasado de 2.788 a 3.522. (9)

El régimen de contribuciones, por su parte, consideró cuatro categorías de contribuyentes: “terratenientes o arrendatarios”, “artesanos”, “obreros mestizos y negros” y “obreros indígenas”.

El negro tiene la culpa

En el período de la Colonia esta tierra fue un campo fértil para el desarrollo de la raza negroide, sin embargo, en la sociedad de la época existió un rígido sistema que distribuyó a la población en sectores claramente diferenciados. (10)

La flojera, los vicios y toda clase de tachas morales eran vistos como defectos inherentes a las razas indígena y negra, en contraste con la superioridad del elemento blanco.

Esta valoración actuó poderosamente en la distribución de los individuos en la escala social. Aquellos que exhibían rasgos blancos podrían conservar su situación o mejorarla, pero difícilmente descenderían, aún con la suerte en contra. En cambio, un mestizo o un mulato tenían vedado cualquier ascenso.

Un individuo de sangre mezclada, si tenía aspecto de español, podía albergar esperanzas de una mejor situación.

La profesora de Historia y Geografía, Viviana Briones Valentín, hablando de la adaptación y resistencia de los esclavos durante la Arica colonial, explica que “en los valles y haciendas, la adaptación tuvo expresiones más violentas e inhumanas y resistir se constituyó casi como un llamado a la propia muerte. El trabajo en las haciendas coloniales fue brutalmente enajenante, manteniendo a sujetos automatizados en labores específicas, permanentemente ocupados y atados a una rutina desoladora”. (11)

Sin embargo, también advierte que “los robos y hurtos fueron una de las acciones más cotidianas entre negros esclavos” (12), las cuales pudieron estar motivadas por distintos factores, tales como necesidades de sobrevivencia, sabotaje a personas de prominencia social o, simplemente, por una acción delictiva.

Los historiadores estiman que los primeros negros asentados en Chile llegaron con el conquistador Francisco de Aguirre, puesto que Diego de Almagro se marchó con los que había traído. Pero no cabe duda que el crecimiento decisivo de la población africana en América ocurrió a partir del contrato que pactaron en 1696 el Consejo de Indias y la Compañía Real de Guinea, el cual dispuso la incorporación de 30 mil negros a las colonias españolas. El Perú recibió una provisión de 12 mil esclavos, que se remataron en el Callao, entre 300 y 400 pesos de aquel entonces.

La raza, inmune a la malaria (que se presentaba con las tercianas descritas por los navegantes) y compatible con el clima de Arica, se multiplicó con facilidad en la zona.

El libro “Población Indígena Mestiza y Negra de Arica y Tarapacá” (13) cita un documento llamado “Matrícula de Castas de la Provincia de Arica de 1830”, que distingue a los contribuyentes según su condición étnica: negros y/o zambos y población indígena emparentada con éstos (sambos).

Esta matrícula identifica los distritos de Arica, Codpa y Belén, pertenecientes a la provincia de Arica, y distingue oficios, entre los cuales se destacan el “ejercicio de jornalero”, ligado a personas que realizan actividades agrícolas; y los “sirvientes”, principalmente relacionado con menores de edad exentos de pago de contribución o “reservados”.

Establece una categoría aparte con los propietarios o personas con posesión de tierras, las que clasifica en “panllevar” (terrenos destinados a cereales) y haciendas de olivar en los valles.

 

Administración política

El Corregimiento de Arica fue creado el 17 de julio de 1565 por el virrey del Perú y existió hasta 1784, período durante el cual Arica tuvo 54 corregidores (14).

Tenía como límites, al este, los corregimientos de Chucuito, Pacajes y Carangas; al oeste, el mar del sur; al norte, los corregimientos de Ubinas y Arequipa; y al sur, los de Lipes y Atacama.

En la segunda mitad del siglo XVI Arica tuvo corregidor y Caja Real y a principios del siglo XVII, vicaría, parroquia, convento y las condiciones propias de una ciudad.

El Corregimiento de Arica favoreció el asentamiento y consolidación del mundo hispano.

A fines del siglo XVIII se crearon nuevos virreinatos y se remplazó el régimen del Corregimiento por el de la Intendencia, una institución que los Borbones de Francia lograron introducir con éxito en España. Este sistema centralizó la administración pública, con el fin de aumentar las eficiencia y por ende las rentas de las colonias.

Los 77 corregimientos del Perú se refundieron en 7 intendencias (cada una encabezada por un intendente), que contenían un total de 54 partidos (cada uno dirigido por un subdelegado, propuesto por el intendente y elegido por el virrey).

El Partido de Arica quedó entonces inserto en la Intendencia de Arequipa (la más meridional del grupo), junto a los partidos de Arequipa, Camaná, Condesuyo, Collaguas, Moquehua y Tarapacá.

En 1810, cuando Mateo de Toro y Zambrano presidía la Primera Junta Nacional de Gobierno en Chile, el Partido de Arica era gobernado por Felipe Portocarrero y Calderón, sargento mayor de la Sexta Compañía de Dragones del Rey, que tenía su guarnición en la zona.

La organización política del Perú no sufriría modificaciones sino hasta la Constitución de 1823, cuando se organizaría la provincia de Arica, que incluía a Tarapacá, Arica y Tacna, quedando ésta última como capital, por una decisión del Presidente José de La Mar.

 

Arica emancipada

Tras una época colonial ariqueña marcada por “la incursión de piratas en la zona, la configuración de pequeñas haciendas con la implementación de la agricultura de olivos, algodonales, caña de azúcar y viñedos, el adoctrinamiento de los naturales de la zona en la religión cristiana y la incursión de la población negra a la historia de Arica” (15), la ciudad vio el renacer de una nueva era en América.

Después de la independencia peruana en 1821 –consigna Vicente Dagnino (16)- hubo un aumento del comercio, un crecimiento de la población, aparecieron casas nuevas y surgieron señales de bonanza, sin embargo, todavía restaba un siglo y una guerra de por medio para mejorar las condiciones sanitarias de la ciudad.

Hace 200 años el paisaje de la ciudad contrastaba fuertemente con la panorámica actual. Obras emblemáticas que permanecen hasta hoy, como el Ferrocarril Arica-Tacna, el edificio de Aduana y la iglesia San Marcos, no se levantarían sino hasta mucho después. Mientras, una amenaza silenciosa, peor que otras anteriores, crecía bajo la tierra, esperando el 13 de agosto de 1868 para poner a prueba el temple de los habitantes de la entonces recién emancipada Villa San Marcos de Arica.