Usted está en : Portada : Reportajes Domingo 13 de febrero de 2005

La larga fiesta del “Ño Carnavalón”

Pedro Clemente

Desde el cerro sagrado es bajado el mono que anima los carnavales en San Miguel y otros valles.

Anata de Carnaval

Para entender lo que representa la Pachamama, diremos que está formado por dos vocablos: pacha y mama. El primer término, de claro origen aymara, suele traducirse como “tierra”, pero su real significado es espacio y tiempo, no meramente la tierra física, como la que suele confundirse.

Según la tradición mestiza, se asocia a Pachamama con la madre tierra; en el contexto aymara, con la fertilidad exuberante, los alimentos y la protección. Pachamama sería una categoría cósmica que mantiene un vínculo de correspondencia y reciprocidad con la sociedad aymara. “Ella” le brinda el fruto de su esfuerzo a los hombres, y ellos a cambio le ofrecen “pagos” en libaciones en el ciclo agrícola vital, en épocas determinadas del año.

La Anata aymara (que empieza y termina un domingo), más conocida como Carnaval, es una de las festividades más difundidas en las comunidades andinas. Esta celebración está íntimamente ligada a las chacras, pues se rinde culto al padre de ellas.

La festividad de Ispällanaka está llena de concepciones cristianas, lo que la hace más compleja. Pese a ello, se pueden distinguir varios elementos característicos. El primero de ellos es la personificación del carnaval en un viejo o una vieja (Ño carnavalón) u otro personaje. Algunos sostienen que puede ser la representación de un achachila, mallku o ispällanaka. Otro aspecto característico de este carnaval es la festividad con música de tarkas (que sólo puede ser tocada en época de lluvias), serpentinas y challa. Sin profundizar mucho, podemos decir que existen tres días sobresalientes en esta festividad:

El Lunes de Carnaval está dedicado al culto de Ispällanaka, el Martes de Carnaval y días siguientes se dedican a visitar las diferentes casas de amigos, parientes y compadres; finalmente la Cacharpaya o último día, es la celebración de despedida del carnaval hasta el próximo año.

El ritmo de las tarkas suena fuerte por las calles de San Miguel de Azapa, y lo mismo ocurre en Copda, Putre, Socoroma y donde haya vuelto a la vida José Domingo Carnavalón, más conocido en estas localidades como el “Ño Carnavalón”.

Y es que cada año, este personaje resucita con toda una carga emotiva y esperanzadora para los hombres que adoran al Tata Inti y a la Pachamama y desean seguir creyendo que la tierra será bendecida para una temporada con una siembra generosa.

En el intertanto más de una joven quedará esperando un retoño y le echará la culpa “al enmascarado, señor, fue el enmascarado”, porque el carnaval se viene con todo y nada lo detiene hasta hoy cuando volverá a sus cerros sagrados.

Doña Albertina Felipe en San Miguel y don Oreste Ventura en Putre son personajes que han sostenido por años esta ancestral costumbre y ellos cuentan paso a paso el desarrollo de la misma.

 

FERTILIDAD

Todo empieza, con la entrada de don José Domingo Carnavalón al pueblo y el inicio del carnaval que, al igual que en el resto del mundo, se celebra antes de la Cuaresma.

El Carnavalón es el símbolo de la fertilidad, que se desentierra cada año de un cerro desde donde vigila al pueblo. Aunque su cuerpo es de trapo, no se considera sólo un muñeco. Especialmente para los habitantes de San Miguel quienes cada año designan a una pareja que represente al “viejo” y la “vieja”.

En algunos pueblos del interior de Arica le dicen “Ño Carnavalón”, y los más cariñosos, “abuelo”. Su figura protectora los acompaña los siete días de fiesta y con ubicación privilegiada.

Cual rey, es transportado en los hombres del más fuerte de los lugareños o en otros pueblos lo colocan en un burro debidamente adornado con pompones, serpentinas y papas.

El lunes visita a las primeras casas de las tantas que lo recibirán durante la semana, para que les deje su prosperidad. No en vano también representa al jañacho o macho camélido semental. El martes de challa, le toca más fuerte en la visita a las chacras.

Pese a la lluvia -habitual en época del llamado invierno altiplánico- jóvenes y ancianos van temprano a los cultivos en terrazas, aromatizados de orégano fresco.

A pesar de la baja temperatura, el calor humano se siente, especialmente tras sacar las primeras papas de la siembra y chaltar -bendecir- la tierra. Es una ceremonia breve, pero cálida. En el suelo, una manta de colores fuertes reúne hojas de coca, challa y serpentinas. El primero en rociarlas con licor es el dueño del predio. Le siguen los demás.

Lo hacen con piscos, aguardiente o cocoroco (un alcohol de caña de 96 grados traído de Bolivia para la ocasión).

Así se pasan los días. Entre tanta fiesta, la devoción occidental se posterga.

 

CENIZAS

En Miércoles de Ceniza, no hay rezos ni menos alguna intención de arrepentimiento de parte de los lugareños. Sí cantos, fiesta y algarabía.

Después de almuerzo, las tarkeadas alientan a los últimos comensales, quienes comparten en la sede social caldo de pollo y carne acompañada de papas y tomates con cebolla.

En Socoroma, cuentan, la multitud parte en procesión hacia la entrada del pueblo para comenzar allí la preparación de la “carrera de gallos”. Una competencia en que los jinetes deben arrebatar de un cordel a las aves, una por una.

Justo bajo el arco de bienvenida del pueblo, el humo del copal -incienso- se abre paso entre los asistentes, los jinetes y sus caballos, para que la tierra les conceda una carrera sin accidentes.

Después se chalta nuevamente la Pachamama. Los cuatro jinetes, mientras tanto, adornan a sus caballos con mucha serpentina. Los más alborotados y alegres, prenden petardos. Y los más apurados, comienzan el regreso al pueblo para iniciar la contienda.

Rigurosamente, van primero los organizadores de la fiesta. Le siguen los músicos del grupo de tarkas “Pusiri Marka” de Radomiro Huanca, luego los jinetes y finalmente, el público.

Entre canción y canción, de un saco se asoman cuatro gallos rozagantes e inquietos por participar de la fiesta. Pero la impaciencia de las aves termina pronto al ser puestas entre hojas de coca y alcohol. Más aún cuando una mujer las degüella una a una y reúne su sangre en un tiesto. Con ella riega las cuatro esquinas de la torre de la iglesia porque la creencia aymara dice que el sacrificio es para los espíritus de los antepasados que viven allí.

Ya muertos, los gallos son colgados por los “más alegres”, en un cordel que atraviesa la calle más larga del pueblo. A los costados, el público y los tarkeros aplauden a los raudos jinetes que lo salpican de barro al intentar quedarse con el ave sobre la marcha. Todos lo logran. Todos son ganadores, especialmente, por retomar después de diez años esta tradición que casi se pierde por falta de caballos.

De vuelta al frontis de la iglesia de forma una rueda alrededor de los esforzados equinos. Es el Tumai Tumai, baile que termina con caderazos y risas.

 

MEMBRILLAZO

Otro de los pueblos que desentierra al Ño Carnavalón es Codpa. La ardua tarea toma desde el atardecer a la noche. Ya en el pueblo, a oscuras, es dejado en la puerta de una casa donde viva una joven soltera, quien lo volverá a vestir. Al día siguiente, llega todo el pueblo a reclamarlo al ritmo del bombo.

Su misión es visitar las casas, donde siempre lo espera una silla y una bebida alcohólica. También viaja a otras localidades cercanas, como Cerro Blanco y Guatanave, donde inaugura la celebración abrazando a sus iguales, hechos de madera. Pero más que recorrer, los codpeños ansían la llegada del viernes para bailar “El Membrillazo”, un baile de seducción.

Al centro del pueblo, los hombres más jóvenes hacen una montaña de membrillos. A su alrededor las mujeres esperan que alguno de los varones les entregue un par de esas frutas en sus manos, ofreciéndoles así un baile.

Frente a frente, él pone su rodilla para que su pareja lo golpee con la fruta. Ella, en cambio, sortea con saltitos los membrillos dirigidos a sus piernas.

De fondo, las guitarras y las cajas los azuzan para que más rápidamente la fruta se parta en el suelo y vuele entre las parejas.

Pero, “Ño Carnavalón” interviene en medio de una aromática cortina amarilla de membrillos machacados por los golpes. Se pone entre la pareja para que no se golpeen muy fuerte. Ellos, obedientes, se toman del brazo y concluye el baile.

Un jugo de membrillo con “picardía”, los refresca y les hace olvidar los moretones que, dicen, tardan un año en desaparecer.

 

OTRO AÑO

El adiós del “Carnavalón” comienza el fin de semana. No es fácil despedirse del pueblo y de sus visitantes, que en esta fecha los duplican en número.

Desde el sábado, las casas de adobe, pintadas de blanco, se engalanan para recibirlo y chaltar de nuevo. Esta vez con más ahínco, la dueña de casa pide por la cosecha y por la lluvia, que por segundo año cae después de una sequía.

Un año más y por ello hay que gastarlo y bailarlo todo. La harina y la challa que no se arrojó por la lluvia, especialmente.

Sin ellos no hay fiesta. Por tratarse de una celebración que llegó a América con los conquistadores, los aymaras de la colonia ocultaron sus rogativas a la tierra por medio de esta tradición que sí se aceptaba.

Una vez en el cerro, se ofrece el alférez. El será quien corra con los gastos del próximo carnaval, que este año fue patrocinado por el pueblo por ser el último del milenio. Luego, el Carnavalón lee su testamento. En el recuento de lo que fue el año todo sale a la luz.

Los socoromeños, en cambio, después de escuchar las “recomendaciones” hacen en conjunto el hoyo que custodiará a “don José Domingo”. Allí se sacuden la harina, la challa… hasta quedar limpios, pues con el entierro del “Carnavalón”, se acaba la fiesta.

 
 
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